Me gustan los jueves porque huelen a pan y flores. Cuando era niña (y me portaba bien), los jueves eran día de visitar a los abuelos. Llegábamos después de la escuela, mi mamá y mis tías tenían por costumbre ese día para comer con sus papás, así que se caían a comer con sus respectivos chilpayates. Era a muy divertido, todos nos llevábamos bien y los abuelos se desvivían por consentirnos.
Jugábamos en el jardín todo lo que podíamos y a la hora de la comida, las mamás nos llamaban a gritos y golpes de cuchara, todos corríamos a apañar la sillas más cercanas a los abuelos y a comer alguna de las delicias que preparaban. Todavía puedo cerrar los ojos y recordar el aroma humeante de una sopita de fideos o el sabor festivo de un buen mole de olla de los que cocinaban allí.
Cuando se torcieron mis virtudes y me volví más incontrolable que la porra del América y más fácil que la tabla del uno, los jueves dejaron de ser los maravillosos días de ir con los abuelos, pero se convirtieron en el día que la fiesta comenzaba.
No sé por qué, pero a muchísima gente le gusta ponchar en jueves. Tal vez porque ya está muy cerca del fin de semana o porque ya vienen ganas de sacarse el veneno, pero era el día en el que empezaban a llamar más los clientes de la agencia.
A partir de ahora, escribir este día, además de los martes, es una razón más para que el jueves siga siendo mi día favorito.
NO SE PIERDAN MAÑANA MI COLUMNA DE LOS JUEVES EN EL GRÁFICO.
